Me gustaría compartir con todos vosotros mi nueva experiencia como escritora. Vuelvo al blog con textos más trabajados. Espero que os guste.
No
me muevo. Debo llevar una semana aquí. Sin apenas comer ni asearme. No dejo de
pensar en la voz de aquél hombre cuyas palabras parecen ladridos que perforan
cada uno de mis tímpanos. Aún recuerdo el día que estaba sentada en mi despacho
y alguien me agarró por detrás para luego taparme los ojos y amordazarme.
La
luz va desapareciendo a medida que avanzan las horas. Me siento atrapada para
siempre. Por un momento me parece notar una fuerza interior que me llama a
salir de este lugar, pero enseguida se desvanece. Mi corazón palpita fuerte y
rápido. Oigo sus pasos acercándose a la puerta. Es él y viene a por mí. Mi
respiración se acelera. La puerta se abre. Puedo oler su aliento fétido. Deja
caer algo en el suelo y pego un bote que mueve la silla donde estoy sentada hacía
la derecha. Percibo su mirada penetrante en mi espalda.
El
sol brilla a través de la oscura habitación. Tengo la boca seca y me siento
sucia. Huelo mal. Humedad, helor y podredumbre. No dejo de pensar en la próxima
vez que aquella bestia decida acercarse a mí. Ninguno de los planes que se me
pasan por la cabeza para poder escapar me parece efectivo. No veo la salida. Todo
me da mil vueltas y en mis horas muertas, ahí abajo, sólo puedo recordar el
olor al perfume de mi madre. Eso, es lo único que me hace olvidar esta
sensación. Pienso en los domingos cerca de mi familia, todos juntos en la
iglesia. Ella, colocándome el lazo que llevo en la cabeza. El reverendo
hablándonos de protección. Ojalá estuviera ahora en la casa del señor y pudiera
sentir la seguridad de aquellos versos en mí. Recitar los cánticos, mirar a mis
padres y sonreír.
La
puerta se abre. Esta vez es la exterior, la que da a la calle. Es él. No hay
vuelta atrás. Quiero gritar. No puedo. Se acerca y…